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Damnificados en Cerro Punta 1

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Editorial

POR QUÉ A VECES SE NECESITA QUE UN “HERMANO MAYOR” INTERVENGA

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Esta es una opinión muy impopular, pero pero cada día parece ser más la realidad.

En países donde los regímenes opresores se aferran al poder con violencia —como Venezuela, Cuba Nicaragua o Irán — no existen mecanismos sociales ni políticos que permitan una transición real hacia la libertad sin una intervención externa de un actor poderoso, como me gusta decirle “hermano mayor” . No es tema de izquierda o derecha —los regímenes totalitarios vienen en todos los colores y sabores—, pero la historia muestra que sin ese “hermano mayor” global, las dictaduras se perpetúan por generaciones.

Por ejemplo Irán, masivas protestas recientes por derechos civiles y libertades básicas han sido calladas con violencia extrema. Organizaciones de derechos humanos han reportado decenas de miles de muertos y arrestadas. Mientras el mundo entero se da cuenta que a punta de comunicados de la ONU y cadenas de oración absolutamente NADA CAMBIA.

Mira Nicaragua por ejemplo, en 2018, una ola de protestas contra el gobierno de Ortega fue brutalmente reprimida por el Estado, dejando más de 300 muertos en un mes y miles de exiliados a la fuerza…al final, 8 años después ahí sigue Ortega sin ninguna consecuencia.

Entocnes qué pasa? Organismos como la ONU o la OEA se pasan la vida mandando comunicados y sanciones sin que nada cambie en el terreno. Las dictaduras no negocian con la lógica racional, no renuncian al poder con una declaración o una resolución. Y sin una fuerza externa con poder real para imponer cambios o proteger civiles, miles seguirán muertos o exiliados.

Y no, no nos equivoquemos
Este “hermano mayor” —como Estados Unidos recientemente con Irán y Venezuela — cuando interviene, no lo hace por buena fe ni por altruismo, incluso fueron super claros que lo hacían para beneficiar intereses gringos. intereses estratégicos, económicos y geopolíticos. Pero si no lo hacen ellos entonces qué? Siguen miles sufriendo, muriendo exiliándose, esperando que un poco de encorbatados en un café de Nueva York resuelvan todo a punta de comunicados?

¿Qué es peor? ¿Dejar que estas dictaduras sigan destruyendo a sus pueblos generación tras generación, o aceptar que el mundo real —con sus intereses y contradicciones— a veces exige un actor fuerte para romper “círculos herméticos” de opresión y violencia?

Es fácil hablar de autodeterminación de los pueblos desde la distancia, mientras la mayor libertad que tienen los oprimidos, es la libertad de morirse de hambre.

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Editorial

¿EN QUÉ MOMENTO SABEMOS QUE ESTAMOS EN LA TERCERA GUERRA MUNDIAL?

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Hay una curiosidad histórica que casi nadie menciona.

La Primera Guerra Mundial no se llamaba así mientras ocurría.
En su momento la gente la conocía como “La Gran Guerra” o simplemente “la guerra”.

Nadie le decía “Primera”.
Porque para que exista una primera, tiene que haber una segunda… y en 1914 nadie imaginaba que el mundo iba a repetir semejante locura.

Cuando estalla la guerra en 1939, tampoco la llaman Segunda Guerra Mundial.
Al principio era “la guerra en Europa”, “el conflicto con Alemania”, “la guerra contra el Eje”.

El término Segunda Guerra Mundial se populariza cuando ya el planeta entero estaba metido en el lío… y sobre todo después de que terminó.

Es decir:
las guerras mundiales casi nunca se reconocen como tal mientras están pasando.

Se entienden cuando ya es demasiado tarde.

Y aquí es donde la pregunta se pone incómoda.

Hoy tenemos a Rusia en guerra con Ucrania,
Israel y Estados Unidos enfrentado con Irán y sus proxies,
Irán atacando estados árabes del medio oriente,
submarinos hunden fragatas en sri lanka,
China tensando el tablero en Taiwán,
y conflictos regionales que cada vez conectan más entre sí.

No es un solo frente.
Es un sistema de conflictos que se están tocando entre sí.

Pero nadie lo llama Tercera Guerra Mundial.

Porque políticamente nadie quiere decir esa palabra.

Suena apocalíptico.
Asusta a los mercados.
Y obliga a los gobiernos a tomar decisiones que preferirían evitar.

Entonces lo que tenemos es una especie de eufemismo global.

Le dicen “crisis regional”,
“tensiones geopolíticas”,
“operaciones limitadas”.

Todo muy técnico… todo muy diplomático.

Pero la historia nos enseña algo:
las guerras mundiales no se anuncian con un comunicado de prensa.

Se van encendiendo poco a poco.

Un conflicto aquí.
Una alianza allá.
Una escalada militar que parecía imposible… hasta que ocurre.

Y cuando finalmente miras atrás y unes todos los puntos…
te das cuenta de algo incómodo:

ya estabas dentro de la guerra mundial… y ni cuenta te habías dado.

Así que la pregunta no es solo cuándo empieza.

La pregunta es cuándo nos damos cuenta.

Porque si la historia sirve de guía…
probablemente lo sabremos cuando los historiadores lo escriban.

No cuando los políticos lo admitan.

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Opinión

Homo administrator (Primates: Hominidae): la especie que necesita el mundo de hoy

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Por Samuel Sucre

Los humanos (Homo sapiens) solemos describirnos como “la especie que piensa”: capaces de abstracción, de ciencia, de arte y de proyectos que en otras épocas parecían imposibles. Pero hay una cualidad igual de definitoria, y hoy más urgente, que rara vez ponemos al centro de nuestra identidad: la capacidad de administrar.

Administrar no es dominar. No es destruir, ni explotar por explotar. Administrar es organizar el uso de algo en el tiempo, con reglas, incentivos y límites, para que ese “algo” siga existiendo y siga generando bienestar. Y si hay una época en la que esa habilidad debería ser nuestro sello, es esta: una era de crisis ambientales globales, donde la pregunta no es si los humanos merecemos o no existir, sino qué tipo de humanos decidimos ser.

A veces aparecen corrientes ambientales que, con rabia o desesperanza, coquetean con la idea de que la extinción humana sería “la solución” a los problemas ambientales. Entiendo el cansancio que produce ver ecosistemas degradados, especies en declive, metas incumplidas y promesas rotas. Pero esa postura, además de impracticable, contradice la esencia de un ambientalismo serio: cómo construir una convivencia sostenible a largo plazo, que preserve la biodiversidad y la dignidad humana.

En este contexto, me resulta una lástima que nuestro epíteto específico no haya sido administrator. Porque, nos guste o no, el planeta de hoy no necesita que el humano desaparezca: necesita que el humano aprenda a administrar.

Durante décadas, una parte de la agenda ambiental ha descansado demasiado en un reflejo prohibicionista: más restricciones, más barreras, más trámites, más castigos. La intención suele ser buena: “si restringimos el acceso, reducimos el daño”. Pero el resultado, con frecuencia, es otro: se reduce el acceso formal y sostenible, y se empuja el uso hacia la informalidad, donde no hay planificación, monitoreo ni reglas reales.

Cuando el acceso legal a recursos renovables se vuelve un laberinto que solo pueden navegar quienes tienen tiempo, capital y contactos, ocurre una paradoja dolorosa: el ciudadano común queda fuera, las élites se quedan con las oportunidades, y la presión sobre el recurso no desaparece… solo cambia de forma.

Si el enfoque estuviera funcionando de manera consistente, hoy veríamos señales claras y generalizadas: cumplimiento sostenido de metas, recuperación amplia de poblaciones amenazadas, reducción robusta de economías ilegales asociadas a recursos naturales, y una disminución marcada de la pérdida de hábitat, entre otras. Pero la realidad es más compleja: en muchas regiones de alta biodiversidad la degradación persiste, la desigualdad se agrava y los mercados informales siguen siendo atractivos porque, en ausencia de alternativas, son la única puerta abierta.

Pensemos en una persona rural sin ingreso estable, con familia que alimentar, viviendo en un lugar sin servicios básicos. Frente a su casa hay un parche de bosque. La pregunta real que enfrenta no es filosófica: es inmediata. Si ese bosque no le da comida, ni medicina, ni ingreso, ni seguridad, y podría destruirlo para producir alimento, ¿por qué lo protegería?

Pedirle que elija “el hábitat” por encima de sus hijos es, como mínimo, exigir heroísmo como política pública. Y una política pública basada en el heroísmo fracasa casi siempre.

Ahora cambiemos el escenario. ¿Qué pasa si esa persona puede acceder de forma fácil y legal al valor de ese bosque mediante usos sostenibles, monitoreables, formalizables, con reglas claras, que le den una vida decente? Entonces la pregunta cambia por completo:

“¿Por qué voy a destruir este hábitat si me sostiene?”

Ahí aparece el núcleo de lo que propongo: la conservación no puede tratarse solo de regular; debe aprender a incentivar. Y debe hacerlo con seriedad, sin infantilizar a la gente ni romantizar la pobreza.

La sostenibilidad tiene tres pilares: ambiental, social y económico. Es fácil repetirlo pero difícil diseñarlo. Cuando uno de esos pilares se ignora, la estructura colapsa: Si solo cuidamos lo ambiental, pero destruimos las oportunidades de vida de las comunidades, creamos resentimiento y economías paralelas; Si solo cuidamos lo económico, degradamos la base natural que sostiene cualquier economía; Si solo cuidamos lo social sin medios materiales, el proyecto se vuelve simbólico y frágil.

Administrar es aceptar que la naturaleza no es un museo y solo de uso contemplativo, pero tampoco una mina infinita. Administrar es reconocer algo incómodo: toda sociedad depende de los recursos naturales. La diferencia moral y ecológica no está en depender, sino en cómo suplimos la dependencia: con modelos extractivos o con modelos sostenibles.

Un error frecuente es meter todo en la misma bolsa: “uso humano” como sinónimo de daño. Pero no todos los usos son equivalentes, ni todos los actores son iguales. Hay quienes no quieren considerar el ambiente. Y hay quienes sí quieren, pero no pueden, porque el sistema los expulsa: requisitos imposibles, trámites interminables, costos que una familia no puede asumir. Esa distinción importa. Si la política pública no la reconoce, termina castigando al que intenta hacerlo bien y premiando al que opera fuera del sistema.

Si queremos una economía más sostenible y un planeta más habitable, tenemos que salir de la caja de “más regulación por defecto” y entrar en la caja de administración inteligente: reglas simples, claras y fiscalizables; incentivos reales para la formalidad; acceso democrático a modelos sostenibles; monitoreo basado en evidencia; y consecuencias proporcionales, enfocadas en quienes destruyen deliberadamente.

Necesitamos menos discursos que suenan bien y más sistemas que funcionen en el mundo real. Si queremos desarrollar economías verdes y sostenibles, tenemos que crear políticas públicas que tomen en cuenta los mercados, no que los ignoren esperando que desaparezcan por arte de magia, y que incentiven actividades sostenibles, no que las vuelvan imposibles de iniciar para la mayoría.

El mundo no necesita que el humano renuncie a existir. Necesita que el humano evolucione en carácter y en diseño institucional. Tal vez el nombre que nos corresponde, en esta etapa, no es sólo Homo sapiens. Tal vez lo que el siglo exige es que aprendamos a ser, por fin:

Homo administrator.

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